Hace mucho tiempo escribí un poema sobre una chica que lloraba, que lloraba como lluvia, igual de espontánea, silenciosa y desapercibida como la lluvia. Que lloraba como la cosa más natural del mundo, y que todos a su alrededor la veían llorar con tranquilidad, con serenidad, integrando ese evento (el simple y llano hecho objetivo de que caen pequeñas gotas de agua salada de sus ojos y lentamente resbalan por sus mejillas) en el transcurso del tiempo, en la normalidad de la conversación, en el lenguaje no verbal establecido; así como nadie se alarma cuando parpadeamos o movemos la cabeza al hablar.
Nadie pone cara de preocupación cuando el cielo empieza a llorar, ni le dice que "está ahí para lo que necesite", para hablar, para desahogarse... Nadie se ofrece de psicólogo al cielo para darle su apoyo cuando éste parece derrumbarse, pobre cielo... ¿O afortunado él?
Cuánto me gustaría que la gente tuviese interiorizado el código del teatro cuando ocurren este tipo de cosas. Que supiesen respetar la autenticidad de las emociones, y diesen permiso de entrada a los sentimientos, sean cuales sean, sin forzarlos ni manipularlos, dejándolos estar sin más. Una vez más, los códigos sociales de la buena educación se me antojan antipáticos, volátiles, maniqueos, amorfos. De repente, al verte llorar, todo el mundo eleva la voz de alarma, corren de un lado para otro con la mirada desencajada y empiezan a sacar de su saco de "Fórmulas Sociales Convencionalmente Aceptadas" todo tipo de frases-parche que se supone deben decir en un momento así para tapar la herida y parar la hemorragia, ¡plan de contingencia en acción! Hacen un diagnóstico de la situación en 0,0001 milisegundos y con un montón de prejuicios sustentándolo, te lanzan su discurso sobre cómo están las cosas, cómo deberías tomártelas y cómo van a evolucionar en el futuro. Un estudio completo sobre tu vida y sobre cómo debes llevarla, en un tiempo récord; para qué pedir más.
Y eso sí, que no falten esas palabras tan extremadamente dañinas por la ligereza con la que tienden a pronunciarse: "no te preocupes".
Y es que nadie les había pedido un consejo, ni siquiera un apoyo, una palabra de aliento, nada de nada. Estamos tan acostumbrados a sacar como un resorte esas fórmulas tiesas y unicolor que no somos capaces ni de distinguir intensidades diferentes, distintos colores de tristeza. Claro, no es nada fácil atreverse a ser arriesgado en eso. ¿Qué habrían pensado los demás si uno de ellos empieza a llamar la atención sobre mis gotas de agua, con curiosidad pueril, simplemente atestiguando el hecho objetivo de que estoy llorando, sin hacer más aspavientos ni preguntarme qué me pasa ni hacer sonar la alarma?
Entre gente del teatro no habría necesitado bajar la mirada discretamente. No me habría sentido forzada a guardar ni a sacar ninguna lágrima ni semilla de tristeza. El sentimiento que me ha generado esa verborrea desenfrenada e histriónica habría fluido tranquilamente por mi estómago y por mis manos. Habría llorado sin más, y todos habrían sido mucho más serenos consigo mismos, y lejos de ponerme cara de angustias, me habrían preguntado ¿Qué te hace sentir mal? con una sonrisa leve en sus labios. Y sin lugar a dudas, se habrían quedado conmigo en ese sentimiento, y lo habrían vivido como yo, con tranquilidad, con naturalidad, sin aspavientos, sin exageraciones ni paternalismos ni búsquedas desesperadas de solución. No pasa nada por quedarse. Quedémonos aquí, no queramos salvarnos enseguida, dejemos entrar a la tristeza en casa, en lugar de echarla nada más cruzar el umbral. Dejémosla que entre, a ver qué tiene que contarnos. Quizá tiene muchas lecciones que enseñarnos, sin duda debe poder hablarnos de cosas valiosas, que nadie se atreve a decirnos.
Cuánto mejor nos iría si la aceptásemos, si la dejásemos quedarse en nuestra casa, si la invitásemos, en vez de echarla corriendo por miedo a que nos inunde o se quede demasiado tiempo...
Siempre llevaré en mi recuerdo aquella noche de noviembre en la que tres amigas nos quedamos calladas y quietas mientras a la cuarta le comunicaban que su padre había fallecido. El mundo se paró dentro de nosotras y entre nosotras. No hicimos ningún aspaviento, recorrimos a tientas los hilos que nos unían y entendimos que todo estaba bien, que vivíamos aquel momento verdaderamente conectadas, escuchándonos las unas a las otras, las tres a la cuarta y la cuarta a las tres. No se me olvidará nunca aquel suspiro de autenticidad. Fue la sinceridad convertida en momento.