jueves, 26 de enero de 2012

Empieza el declive...

Es muy importante que analice bien qué me está ocurriendo hoy.
Lo que me pasa hoy es tan representativo de mí y probablemente de mi futuro más inmediato que desgranarlo hasta el último detalle me será de gran ayuda para afrontar los problemas.

Los síntomas que tengo son claros: estrés, agitación, acelere, sensación de urgencia a la que no doy respuesta adecuadamente (y cuanto más lo intento, más lenta siento que voy), frustración, auto-observación, autocrítica destructiva (qué exagerada soy, cómo me lo tomo todo, ya estoy haciendo aspavientos...), pensamientos negativos, acusatorios, evasivos (¿es que nadie va a hacer esto? ¿nadie ve que es súper importante? ¡yo no debería estar pendiente de ello! esto debería estar haciéndolo X, pero como siempre no hace nada), catastrofismo (el proyecto va a ser un desastre), colapso general (los nervios me dejan sin energía, se me caen los ojos y el cuello se me agarrota) y finalmente autodestrucción y escapismo (ojalá me cojan en Francia y me voy ya mismo...).

Tengo que poner la alarma. Dar la alarma de que el sistema empieza a colapsarse y cualquier evolución en esta dirección pueden acabar en explosión final. Es necesario parar el mecanismo aquí mismo.

Y eso que yo venía con una idea muy clara de que esta situación iba a darse, y con plena confianza de que contaba con las herramientas necesarias para responder ante ellas, para darles la justa importancia, y la consecuente cantidad de energía. Pero no: mis mecanismos son los que son, y no por decirlo simplemente van a cambiar. Está claro que esto va a ser un trabajo muy profundo, de mucha perseverancia, para empezar a tomarme las cosas de otra manera.

Creo que siento la necesidad suprema de avisar a la Autoridad (que no sé bien quién es, si Dios, si el gerente de la empresa, si quién) de que mi jefe no está cumpliendo con su deber. Siento una especie de urgencia por denunciarle, por destapar su situación, por que todo el mundo lo vea, y me digan de una vez por todas si es un problema de juicio mío o es que de verdad hay algo que no funciona aquí.

Y pienso: ¿Por qué no me limito a hacer mi trabajo y ya está, y me olvido de mi jefe, que no me afecte lo que haga o deje de hacer o decir? Lo pienso por unos instantes, y me doy cuenta de que es muy difícil, ya que nuestras competencias no están suficientemente definidas. A veces sí lo están, pero estoy tan acostumbrada a trabajar sola, sin su acompañamiento, tenemos tan poca experiencia de equipo, que sin darme cuenta me pongo a hacer cosas que a priori le corresponden a él. Necesitaría un detector externo a mí que me avisara cada vez que me enzarzo en algo que no me incumbe.

Pero es que hoy es uno de ésos días en los que me cuestiono hasta si será verdad que esas tareas le corresponden a él, o si será una excusa mía para recriminarle una vez más su malhacer. ¿Son de verdad cuestiones que él debe resolver? ¿Y quién establece eso? ¿Quién decide cuáles son sus funciones, dónde acaban y dónde empiezan las mías? ¿Quién lo establece? Me siento a oscuras, con los brazos extendidos, moviéndome torpemente, tratando de dar con las respuestas a tientas. Tengo la extraña sensación de que me perdí la primera reunión, ésa que se celebró nada más entrar yo en la empresa, y en la que se definieron perfectamente las competencias y funciones de cada uno, y que todo el mundo guardó en su cabeza y juró nunca más hablar de ella. El acta también desapareció para siempre, por lo que no queda ninguna prueba. Y mi acometido es averiguar cuál es mi papel a base de prueba y error, a base de darme ostias en la oscuridad, a base de hacer y deshacer...

Yo sé que evoco en mi cabeza, constantemente, una especie de estado normativo "ideal", en el que las cosas funcionan de manera matemática y perfecta, en el que todo el mundo sabe con todo detalle qué debe hacer y cómo hacerlo, y que no quedan lagunas de competencias ni superposiciones de deberes. Todo está perfectamente normalizado, encajado, establecido, oficializado y aprobado por todo el mundo.

Yo sé que eso no puede darse en la realidad. Sé que ni yo ni mi jefe ni nadie puede dar respuesta como máquinas a las situaciones que se dan en la práctica, y que, por mucho que me duela, mi jefe tiene razón: no es fácil hacer recetas. Sin embargo, sí me gustaría saber cuáles de todas las cosas que le recrimino son razonables (es decir: que de forma objetiva y apelando a la lógica, puede decirse que son sus deberes), cuáles podrían serlo en determinadas circunstancias, cuáles lo serían normalmente pero no en el contexto de esta empresa y/o de este momento de crisis, y cuáles son definitivamente un problema mío de apreciación.

Porque yo sé que tengo una personalidad muy agarrada a las normas, que necesito de ellas para moverme, y si alguien se escabulle de cumplirlas y atender sus deberes, es candidato número 1 para ser objeto de mi crítica y mi juicio. Siento la profunda obligación de denunciarle. En estos entornos donde las normas no están establecidas y universalmente aprobadas, me desoriento, me siento profundamente perdida.

Pero es totalmente normal: sin normas veo que no puedo responder a lo que se está esperando de mí. Si yo no conozco qué funciones y deberes se me han asignado, es muy probable que no sea capaz de adivinarlas, y por tanto, que al final del día no las cumpla. Y eso tiene un gran peligro para mí: el peligro de la no aprobación, de no sentir la satisfacción del trabajo bien hecho, y no recibir la recompensa correspondiente. Esto es claramente cierto, y mi pavor ante esta situación es perfectamente comprensible. Así estoy en esta situación de pánico, de continua alerta, de estrés ante la incertidumbre.

Mi compañero de trabajo me decía esta mañana: "la incertidumbre es la que me tiene así, es un día en el que no estoy seguro de nada". 

En efecto, la incertidumbre nos destroza los nervios. Nos tiene en vilo, nos desnuda y nos deja expuestos a un viento continuo que no sabemos cómo controlar. "Lo duro de la incertidumbre es quedarse frente a ella, mirándola, resistiendo el impulso de salir corriendo en busca de respuestas…", le he contestado yo.

Tengo un pánico muy fuerte a hacer algo mal, porque nadie me está explicando cómo he de hacerlo bien. No es que necesite saber el cómo, pero a veces sí el qué.

Y ante una persona que elude su responsabilidad por omisión, que se escabulle silenciosamente, que agacha la cabeza, que pocas veces da un pie adelante por sí mismo (al menos conmigo), que se deja inundar por emails, llamadas de teléfono, interrupciones continuas, mientras tratamos de tener una reunión, que hace aspavientos delante de su ordenador colgado mientras me mira con ojos que gritan: "¿ves? ¿ves como es comprensible que no pueda hacer nada durante el día? todo se confabula contra mí"... Ante una persona así, no me dan ganas de luchar.

Y en el fondo pienso: y aun en el hipotético caso que supiese cuáles son mis funciones únicas y unívocas, ¿estaría tranquila? ¿dejaría de sufrir? quizá seguiría recriminándole que no hiciese su parte del trabajo. Pero entiendo que si nuestros superiores vieran que yo sí cumplo con mi parte, entonces no me importaría lo más mínimo. O sea que llego a otra gran conclusión: lo que me importa es que se vea que yo sí cumplo, que yo sí respondo, que en mí sí se puede confiar, que conmigo sí pueden contar siempre, porque nunca decepciono. 

Me niego a que se me acuse de insolidaria por no "marcarle el paso" yo a mi jefe, por no demandarle que dedique tiempo al proyecto, por no ser yo quien le anime a implicarse. Creo que en esto no me equivoco en absoluto: no es mi deber como empleada tirar de mi jefe para que se involucre en esto. Lo siento, pero me niego en rotundo a algo así. No puedo, ni quiero, me llena de frustración y de desesperanza. Si me piden hacer eso, me están imponiendo un objetivo que ni respeto ni comprendo. Sería como darme golpes de cabeza contra una pared.












martes, 24 de enero de 2012

Escapándome hacia mí misma...

El encuentro con una amiga este fin de semana me ha dado mucho que pensar.
Ha cambiado recientemente de trabajo, a una empresa menos familiar, más numerosa en trabajadores y mucho más ambiciosa en sus logros, sin importarles demasiado los medios necesarios para alcanzarlos.

Al margen de los estímulos que un nuevo trabajo pueda darme, por la cantidad de ilusiones y expectativas que me inspira ese panorama novedoso, hay ciertos aspectos característicos del nuevo escenario en el que entraré a actuar que no pueden contarme en la entrevista; que por mucha intuición que tenga, no puedo adivinar desde mi posición de candidata; que quizá hasta sean escondidos de forma voluntaria para no ensuciar el carácter prometedor y rutilante con el que ese puesto se presenta frente a mí, ofrecido en bandeja de plata.

Y se me ocurre pensar que esos aspectos camuflados y disfrazados para que yo no los conozca, podrían ser determinantes a la hora de tomar la importante decisión de cambiar de un trabajo a otro, ya que pueden cuestionar valores muy profundos de mi ética o principios personales que considero inamovibles.

Entonces recuerdo todas las veces a la semana (al día) que pienso en ese otro trabajo ideal al que deseo cambiarme. Y desde esta nueva perspectiva, desde esa Yo ubicada en ese otro escenario con el que fantaseo y que tengo tan manoseado en mi imaginación, pero que me decepciona por esos aspectos negros que nadie me contó, visualizo con melancolía las cosas buenas que tenía en mi trabajo anterior. Descubro, esta vez sí con verdadera intensidad, todo lo bueno que tenía al alcance de mi mano en esa época pasada.

Así que a partir de hoy estoy dispuesta a hacerme estas preguntas todos los días:

"Del día que acaba de pasar, ¿qué creo que podría echar de menos cuando esté en otro lugar?
De los trabajos que he hecho hoy, ¿cuáles creo que podría echar en falta en un futuro distinto?
De las cosas que compartí hoy con mis compañeros, de cómo son ellos y de cómo soy yo cuando estoy con ellos ¿cuáles creo que recordaré y añoraré cuando tenga a otras personas alrededor?
De todas las cosas buenas que me vienen dadas en este lugar, ¿cuáles serán las que más necesite en caso de no recibirlas?"

Y de esta forma, creo que conseguiré apreciar de verdad todo lo bueno que tiene mi presente, todo lo bueno que ya está aquí, que no necesito buscar fuera, y detectar aquellas otras que, sin estar del todo aseguradas, puedo conseguirlas con un pequeño esfuerzo por mi parte, y predisponerme, ATREVERME a cambiarlas.

Y dejaré de hacer uso excesivo de este escapismo enfermizo que me teletransporta a otras coordenadas, siempre mucho más perfectas y prometedoras que las actuales, cada vez que enfrento una dificultad o constato una limitación en mi presente.

Porque nunca podré saber qué escenario se esconde detrás.
Y porque esas coordenadas sublimes no existen en ningún lugar. Sin lugar a dudas, están dentro de mí.







Un poema bonito


POR CADA MUJER

Por cada mujer que está cansada de actuar con debilidad
aunque se sabe fuerte, hay un hombre que está cansado
de parecer fuerte cuando se siente vulnerable.

Por cada mujer que está cansada de actuar como una tonta,
 hay un hombre que está agobiado por la exigencia
constante de "saberlo todo".

Por cada mujer que está cansada de ser calificada como
"hembra emocional", hay un hombre a quien se le ha negado
el derecho a llorar y a ser delicado.

Por cada mujer catalogada como poco femenina cuando compite
hay un hombre para quien la competencia
es la única forma de demostrar que es masculino.

Por cada mujer que está cansada de ser un objeto sexual,
hay un hombre preocupado por su potencia sexual.

Por cada mujer que se siente "atada" por sus hijos
hay un hombre a quien le ha sido negado
el placer de la paternidad.

Por cada mujer que no ha tenido acceso a un trabajo
satisfactorio y salario justo, hay un hombre que debe
asumir toda la responsabilidad económica de otro ser humano.

Por cada mujer que desconoce los mecanismos de un automóvil
hay un hombre que no aprendió
los placeres del arte de cocinar.

Por cada mujer que da un paso hacia su propia liberación
hay un hombre que descubre que el camino a la libertad
se ha hecho un poco más fácil.

(Extraído de "Las negociaciones nuestras de cada día", Clara Coria)

viernes, 13 de enero de 2012

Quizá no quieras saber el por qué

Mi padre se acaba de ir por la puerta.
Un encuentro entre un padre y una hija, nada más sencillo y nada más complejo.
Un padre que rehuye las conversaciones que no sean de trabajo, de desarrollo profesional, de expectativas y de planes en lo económico, lo vago y lo indefinido que es el trabajo de una.
Una hija que no sabe si un día se cansará y dirá: ya no insisto más, desde este día, dejo de desear conocerte, porque no me lo sabes contar, no sabes contar el cuento de tu vida ni quieres escuchar mucho el de la mía, así que dejo de esperarte y apago la luz.

Sólo quiero no morirme sin haber hablado de ti de verdad, de TI y no de lo que haces, de la vida de verdad, no de esta pantomima que nos tiene entretenidos todos los días. Pero es cierto que para que dos hablen, los dos tienen que poner boca y oídos. Y tú te cierras en banda cuando sientes que enarbolo la bandera de "las mujeres / los hombres".

No sé si podré algún día explicarte siquiera un poquito de todo esto. No sé si seremos capaces de parar todas las maquinarias de pensamientos veloces y fulminantes, y sentimientos arrolladores que se disparan cuando llegamos a este punto. Parece como si sonasen mil pitidos a la vez, un enorme estruendo, que no nos dejase percibir apenas la voz del otro. No, hemos llegado a la zona de máquinas, aquí no se puede hablar.

Y te irás corriendo, como te has ido hoy, con la excusa de que has quedado con los amigos. No es casualidad que hayas dejado este tema para el final, porque en definitiva no quieres decírmelo, no quieres decirme que no te gusta esto, que no te gusta oírme hablar de estas cosas, que te producen un enorme rechazo y que no eres capaz de hablar calmadamente sobre ello.

Y yo, entre tanto, me pregunto ¿qué es lo que mueve a las mujeres para cambiar, cuando oyen hablar del feminismo? ¿por qué supone un estímulo tan grande para ellas el escuchar estas ideas, y constituye un verdadero punto de inflexión en sus vidas, a partir del cual se mueven por cambiar, por potenciar su autoestima, por crecer, por aumentar sus capacidades, por formarse, por tener más claro lo que quieren y aprender herramientas para luchar por lo que quieren? 

¿Es porque de repente se sienten comprendidas? ¿es porque saben que hay otros seres que tienen su misma problemática? ¿es porque se sienten identificadas en otras realidades, en otras vidas, y eso les da la energía?

Y ¿por qué mi padre ve perfectamente normal que luche por mi salario, que negocie con mis jefes, que trate de llegar a lo más alto, que luche por lo que merezco, y sin embargo, siente rechazo ante el hecho de que la valentía que me empuja a hacer todo eso ha nacido de conocer el feminismo? Esto no es del todo cierto, en realidad, él no lo sabe. No he podido explicárselo aún...

Yo quiero explicarle que antes de conocer estas ideas, yo no era consciente de todo lo que podía hacer, de todo lo que me era legítimo hacer. Quiero contarle que todo lo que espera y desea para mí (que luche por mi dignidad, por mis derechos, por mi bienestar) lo estoy logrando en gran parte gracias a haber sido consciente de las cuestiones de género. Antes de todo eso, estaba dormida. Seguramente no hubiera luchado, no habría llegado a tiempo de hacerlo, no lo habría hecho con este sentimiento de legitimidad que tengo hoy. Antes no era consciente de mi posición ni de mis posibilidades. Habría sido una mujer más, quizá refugiada en el ideal del amor, sin separarme de mi novio, o quizá no (pero quizá sí), de la vida supeditada a la familia y del altruismo para con los otros. No sé si habría dado prioridad a mis objetivos con tanta claridad. Tal vez me habría conformado con mi salario inferior toda la vida, un salario que llevaría forma de autoestima, de valía, de empoderamiento, de capacidad para sobrevivir en soledad, de autorrealización. Es muy probable que no hubiese tenido este campo de visión sin esta toma de conciencia. Lo que siempre ha sido una complicidad entre ambos (esta especie de pasión/deber que los dos sentimos por nuestro trabajo), esta ambición por llegar más alto, ahora resulta tener otros móviles por detrás que lo potencian mucho más, y sin embargo, éstos le inspiran un rechazo visible, aunque nunca verbalizado.

Esto puede no ser cierto en absoluto, pero la gran pena es que nunca llega el momento de que lo desmientas, papá. No me das la oportunidad de saber más. Me dejas con sed de saber qué sientes (a muchas mujeres les sonará familiar todo esto). Siento mucho que me dejes así, en este estado de duda, de desconfianza, de distanciamiento. Siento que no seas capaz (o no quieras, o no elijas) explicarme qué es exactamente lo que te genera este rechazo, esta revolución encubierta que libras entre tus ojos cristal y tus pies nerviosos.

En un instante deseo escribirte, aunque piense que acabarás prefiriendo que no lo haga, explicándote mis ideas. Pero en el instante siguiente pienso que exponerme así ante ti, sin que tú me expliques nunca suficientemente lo que eso te genera, me deja sola en un desierto del que no sabré salir. La alternativa de cerrar la puerta y nunca más volver a sacar este tema contigo me llena de frustración igualmente.

Tú crees que un libro que pretende a ayudar a las mujeres a encontrar razones para negociar, en vez de ceder siempre, está mediatizado y horriblemente sesgado. Yo veo en tu cara el nerviosismo, la incapacidad de soltarme las verdades que te ha inspirado, el brutal control que haces de tus emociones para decirme suave pero trastornadamente que "no te gusta". No tienes tiempo de explicarme por qué, de ir al detalle, de concretar qué no te gusta exactamente, que te inspira tanta tensión, ni mucho menos preguntarme qué es lo que yo veo en todo eso, no hay cabida a tu curiosidad.

No pasa nada. Ante todo, no pasa nada. Y cuando ya estás cruzando el umbral de la puerta, ya has recobrado el tono jocoso e informal que traes siempre, aunque me preguntas qué haremos el finde con el gesto levemente torcido, porque el control  de las emociones es brutalmente doloroso, y el cuerpo no se lo calla.

No te reprocho nada, papá. Y me escribes un mensaje liviano y pueril que supuestamente lo borra todo, y "no te preocupes", todo se pasa, frases huecas que podrías decir igualmente si hubiésemos hablado de mis mareos. Sabrás que llegaré lejos en mi vida (como tú deseas y esperas y has querido siempre), pero quizá nunca serás capaz de ver que lo conseguiré gracias a las fuerzas que me han dado estas ideas. Sin ellas, quién sabe, quizá también, pero quizá no...



jueves, 22 de diciembre de 2011

Lo encontré

El poema decía así:

Y desde aquel momento se supo de naturaleza lluviosa.
Y se imaginó lloviendo esporádicamente, lloviznando repentina, chispeando calladamente en lugares públicos y privados.


Y como todos la sabían así, nadie preguntaba nada.


Incorporó la lluvia como un proceso vital más, tan natural como el llevarse un bocado de pan acompañando el almuerzo o pasarse el cepillo de cerdas tiesas entre los pelos mojados, frente al espejo.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Tristeza, sé bienvenida, yo sí te quiero!

Hace mucho tiempo escribí un poema sobre una chica que lloraba, que lloraba como lluvia, igual de espontánea, silenciosa y desapercibida como la lluvia. Que lloraba como la cosa más natural del mundo, y que todos a su alrededor la veían llorar con tranquilidad, con serenidad, integrando ese evento (el simple y llano hecho objetivo de que caen pequeñas gotas de agua salada de sus ojos y lentamente resbalan por sus mejillas) en el transcurso del tiempo, en la normalidad de la conversación, en el lenguaje no verbal establecido; así como nadie se alarma cuando parpadeamos o movemos la cabeza al hablar.

Nadie pone cara de preocupación cuando el cielo empieza a llorar, ni le dice que "está ahí para lo que necesite", para hablar, para desahogarse... Nadie se ofrece de psicólogo al cielo para darle su apoyo cuando éste parece derrumbarse, pobre cielo... ¿O afortunado él?

Cuánto me gustaría que la gente tuviese interiorizado el código del teatro cuando ocurren este tipo de cosas. Que supiesen respetar la autenticidad de las emociones, y diesen permiso de entrada a los sentimientos, sean cuales sean, sin forzarlos ni manipularlos, dejándolos estar sin más. Una vez más, los códigos sociales de la buena educación se me antojan antipáticos, volátiles, maniqueos, amorfos. De repente, al verte llorar, todo el mundo eleva la voz de alarma, corren de un lado para otro con la mirada desencajada y empiezan a sacar de su saco de "Fórmulas Sociales Convencionalmente Aceptadas" todo tipo de frases-parche que se supone deben decir en un momento así para tapar la herida y parar la hemorragia, ¡plan de contingencia en acción! Hacen un diagnóstico de la situación en 0,0001 milisegundos y con un montón de prejuicios sustentándolo, te lanzan su discurso sobre cómo están las cosas, cómo deberías tomártelas y cómo van a evolucionar en el futuro. Un estudio completo sobre tu vida y sobre cómo debes llevarla, en un tiempo récord; para qué pedir más.

Y eso sí, que no falten esas palabras tan extremadamente dañinas por la ligereza con la que tienden a pronunciarse: "no te preocupes".

Y es que nadie les había pedido un consejo, ni siquiera un apoyo, una palabra de aliento, nada de nada. Estamos tan acostumbrados a sacar como un resorte esas fórmulas tiesas y unicolor que no somos capaces ni de distinguir intensidades diferentes, distintos colores de tristeza. Claro, no es nada fácil atreverse a ser arriesgado en eso. ¿Qué habrían pensado los demás si uno de ellos empieza a llamar la atención sobre mis gotas de agua, con curiosidad pueril, simplemente atestiguando el hecho objetivo de que estoy llorando, sin hacer más aspavientos ni preguntarme qué me pasa ni hacer sonar la alarma?

Entre gente del teatro no habría necesitado bajar la mirada discretamente. No me habría sentido forzada a guardar ni a sacar ninguna lágrima ni semilla de tristeza. El sentimiento que me ha generado esa verborrea desenfrenada e histriónica habría fluido tranquilamente por mi estómago y por mis manos. Habría llorado sin más, y todos habrían sido mucho más serenos consigo mismos, y lejos de ponerme cara de angustias, me habrían preguntado ¿Qué te hace sentir mal? con una sonrisa leve en sus labios. Y sin lugar a dudas, se habrían quedado conmigo en ese sentimiento, y lo habrían vivido como yo, con tranquilidad, con naturalidad, sin aspavientos, sin exageraciones ni paternalismos ni búsquedas desesperadas de solución. No pasa nada por quedarse. Quedémonos aquí, no queramos salvarnos enseguida, dejemos entrar a la tristeza en casa, en lugar de echarla nada más cruzar el umbral. Dejémosla que entre, a ver qué tiene que contarnos. Quizá tiene muchas lecciones que enseñarnos, sin duda debe poder hablarnos de cosas valiosas, que nadie se atreve a decirnos.

Cuánto mejor nos iría si la aceptásemos, si la dejásemos quedarse en nuestra casa, si la invitásemos, en vez de echarla corriendo por miedo a que nos inunde o se quede demasiado tiempo...

Siempre llevaré en mi recuerdo aquella noche de noviembre en la que tres amigas nos quedamos calladas y quietas mientras a la cuarta le comunicaban que su padre había fallecido. El mundo se paró dentro de nosotras y entre nosotras. No hicimos ningún aspaviento, recorrimos a tientas los hilos que nos unían y entendimos que todo estaba bien, que vivíamos aquel momento verdaderamente conectadas, escuchándonos las unas a las otras, las tres a la cuarta y la cuarta a las tres. No se me olvidará nunca aquel suspiro de autenticidad. Fue la sinceridad convertida en momento.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La Queja, enemiga pública número 1

La queja no es inocua. La queja no nos deja indiferentes. La queja tiene sus consecuencias y debe ser estrechamente vigilada. Que nadie piense que está libre de sus efectos si recurre a menudo a ella.
La queja continua nos lleva a un estado de emborrachamiento que coarta nuestros sentidos, que nos impide ver las cosas con claridad y con objetividad suficiente, que nos encartona y nos pervierte.

La queja nos arrastra a un estado de somnolencia donde, con una extraña clarividencia, creemos ser capaces de visualizar "cómo debería haber sido todo", donde sentimos el poder innegable de definir, con todo lujo de detalles y hasta los aspectos más recónditos, la mejor manera en que tendrían que haberse hecho las cosas. La queja nos emborracha y obnubila, haciéndonos creer que somos seres todopoderosos que pueden discernir sin la más mínima sombra de duda cómo son las cosas, y cómo deberían ser.

Y sin embargo pienso que ese estado de emborrachamiento nos aleja de la realidad. Nos sirve como cohete para evadirnos de nuestro presente, y con ello, nos inhabilita para distinguir objetivamente entre nuestros sentimientos y la verdad, y nos hace perder tiempo que podríamos estar dedicando, desde el segundo cero, a nuestra readaptación, a la búsqueda de soluciones.

La queja nos inutiliza, nos inmoviliza, nos roba nuestro juicio objetivo y sereno, nos hace peleles de nuestras circunstancias. No sólo no nos da energía para reaccionar ante ellas (las primeras oleadas de energía son las más útiles para reaccionar contra algo malo que nos pasa), ni permite que reaccionemos con el primer impulso, espontáneo, bruto; sino que nos apoltrona más aún en sus consecuencias. Nos engancha más aún, nos apalanca en ellas, hace que esa nueva mierda que nos cae por encima se nos pegue al cuerpo y se infiltre en nosotros, en vez de ayudarnos a sacudirnos de ella inmediatamente y a pensar en cómo limpiarnos o evitar que nos pase la próxima vez.

Nos tiene entretenidos, nos entretiene, sibilinamente, silenciosa, para que no pensemos...

La queja nos impide adoptar una posición proactiva. Nos envenena, nos aliena y nos empobrece. Nos hace indefensos, cuando en realidad no lo somos. Quejándonos pintamos una imagen de nosotros mismos atados de pies y manos, una imagen en la que nos victimizamos y nos acariciamos los unos a los otros, lamentando todos a una las penas que nos acongojan. Nos convertimos en objetos, en consecuencias, en vez de ser sujetos, causas, impulsos. Cuanto más nos quejamos, más nos convertimos en seres inertes incapaces de ver las oportunidades que hay en cada cambio, en cada nueva situación. Nos convierte en marionetas víctimas de nuestras propias redes de autocompasión y engaño, inmóviles, sedentarias...

Yo quiero zafarme de esa actitud para siempre. No quiero emborracharme de imágenes de "lo que debería ser". No quiero caer en la necedad de pensar que puedo saber cómo deberían ser las cosas. ¿Yo habría hecho algo mejor, en el lugar de los otros? NO, no me recreo ni un segundo en el "fíjate cómo han hecho esto, fíjate qué mal, qué desastre, qué mierda...". No paso ni un segundo más en este estadio, no me quedo ni un momento más.

Yo, desde la primera reunión, desde el primer segundo después de recibir la noticia, desde el momento cero, pensaré en qué puedo hacer a partir de ahora, con este nuevo escenario, con estas nuevas reglas del juego, con estos nuevos condicionantes. Dibujando la nueva ruta que debo seguir para salir del laberinto, ahora que (y de acuerdo a cómo) éste ha cambiado.

Nuevas condiciones, nuevas soluciones. Nuevas dificultades, nuevas capacidades y un poco más de valentía. Pero siempre hacia adelante. Primero: me imagino un escenario para mí (uno nuevo, adaptado), y acto seguido yo lo creo, yo lo pinto y lo fabrico. Yo lo hago.

Y pasaré a la historia como aquella ciudadana N que consiguió hacer su vida mejor allá donde estuvo, en todos los escenarios a los que se subió, no importaba en qué condiciones ni bajo qué lluvias o tormentas que le cayesen encima. Algunas veces le fue mejor, otras peor, en ese afán por sobrevivir. Pero siempre salió de cada escena mejor de lo que había entrado, y abandonó cada lugar con la pacificadora tranquilidad de haber procurado siempre hacerse feliz a sí misma.