jueves, 26 de enero de 2012

Empieza el declive...

Es muy importante que analice bien qué me está ocurriendo hoy.
Lo que me pasa hoy es tan representativo de mí y probablemente de mi futuro más inmediato que desgranarlo hasta el último detalle me será de gran ayuda para afrontar los problemas.

Los síntomas que tengo son claros: estrés, agitación, acelere, sensación de urgencia a la que no doy respuesta adecuadamente (y cuanto más lo intento, más lenta siento que voy), frustración, auto-observación, autocrítica destructiva (qué exagerada soy, cómo me lo tomo todo, ya estoy haciendo aspavientos...), pensamientos negativos, acusatorios, evasivos (¿es que nadie va a hacer esto? ¿nadie ve que es súper importante? ¡yo no debería estar pendiente de ello! esto debería estar haciéndolo X, pero como siempre no hace nada), catastrofismo (el proyecto va a ser un desastre), colapso general (los nervios me dejan sin energía, se me caen los ojos y el cuello se me agarrota) y finalmente autodestrucción y escapismo (ojalá me cojan en Francia y me voy ya mismo...).

Tengo que poner la alarma. Dar la alarma de que el sistema empieza a colapsarse y cualquier evolución en esta dirección pueden acabar en explosión final. Es necesario parar el mecanismo aquí mismo.

Y eso que yo venía con una idea muy clara de que esta situación iba a darse, y con plena confianza de que contaba con las herramientas necesarias para responder ante ellas, para darles la justa importancia, y la consecuente cantidad de energía. Pero no: mis mecanismos son los que son, y no por decirlo simplemente van a cambiar. Está claro que esto va a ser un trabajo muy profundo, de mucha perseverancia, para empezar a tomarme las cosas de otra manera.

Creo que siento la necesidad suprema de avisar a la Autoridad (que no sé bien quién es, si Dios, si el gerente de la empresa, si quién) de que mi jefe no está cumpliendo con su deber. Siento una especie de urgencia por denunciarle, por destapar su situación, por que todo el mundo lo vea, y me digan de una vez por todas si es un problema de juicio mío o es que de verdad hay algo que no funciona aquí.

Y pienso: ¿Por qué no me limito a hacer mi trabajo y ya está, y me olvido de mi jefe, que no me afecte lo que haga o deje de hacer o decir? Lo pienso por unos instantes, y me doy cuenta de que es muy difícil, ya que nuestras competencias no están suficientemente definidas. A veces sí lo están, pero estoy tan acostumbrada a trabajar sola, sin su acompañamiento, tenemos tan poca experiencia de equipo, que sin darme cuenta me pongo a hacer cosas que a priori le corresponden a él. Necesitaría un detector externo a mí que me avisara cada vez que me enzarzo en algo que no me incumbe.

Pero es que hoy es uno de ésos días en los que me cuestiono hasta si será verdad que esas tareas le corresponden a él, o si será una excusa mía para recriminarle una vez más su malhacer. ¿Son de verdad cuestiones que él debe resolver? ¿Y quién establece eso? ¿Quién decide cuáles son sus funciones, dónde acaban y dónde empiezan las mías? ¿Quién lo establece? Me siento a oscuras, con los brazos extendidos, moviéndome torpemente, tratando de dar con las respuestas a tientas. Tengo la extraña sensación de que me perdí la primera reunión, ésa que se celebró nada más entrar yo en la empresa, y en la que se definieron perfectamente las competencias y funciones de cada uno, y que todo el mundo guardó en su cabeza y juró nunca más hablar de ella. El acta también desapareció para siempre, por lo que no queda ninguna prueba. Y mi acometido es averiguar cuál es mi papel a base de prueba y error, a base de darme ostias en la oscuridad, a base de hacer y deshacer...

Yo sé que evoco en mi cabeza, constantemente, una especie de estado normativo "ideal", en el que las cosas funcionan de manera matemática y perfecta, en el que todo el mundo sabe con todo detalle qué debe hacer y cómo hacerlo, y que no quedan lagunas de competencias ni superposiciones de deberes. Todo está perfectamente normalizado, encajado, establecido, oficializado y aprobado por todo el mundo.

Yo sé que eso no puede darse en la realidad. Sé que ni yo ni mi jefe ni nadie puede dar respuesta como máquinas a las situaciones que se dan en la práctica, y que, por mucho que me duela, mi jefe tiene razón: no es fácil hacer recetas. Sin embargo, sí me gustaría saber cuáles de todas las cosas que le recrimino son razonables (es decir: que de forma objetiva y apelando a la lógica, puede decirse que son sus deberes), cuáles podrían serlo en determinadas circunstancias, cuáles lo serían normalmente pero no en el contexto de esta empresa y/o de este momento de crisis, y cuáles son definitivamente un problema mío de apreciación.

Porque yo sé que tengo una personalidad muy agarrada a las normas, que necesito de ellas para moverme, y si alguien se escabulle de cumplirlas y atender sus deberes, es candidato número 1 para ser objeto de mi crítica y mi juicio. Siento la profunda obligación de denunciarle. En estos entornos donde las normas no están establecidas y universalmente aprobadas, me desoriento, me siento profundamente perdida.

Pero es totalmente normal: sin normas veo que no puedo responder a lo que se está esperando de mí. Si yo no conozco qué funciones y deberes se me han asignado, es muy probable que no sea capaz de adivinarlas, y por tanto, que al final del día no las cumpla. Y eso tiene un gran peligro para mí: el peligro de la no aprobación, de no sentir la satisfacción del trabajo bien hecho, y no recibir la recompensa correspondiente. Esto es claramente cierto, y mi pavor ante esta situación es perfectamente comprensible. Así estoy en esta situación de pánico, de continua alerta, de estrés ante la incertidumbre.

Mi compañero de trabajo me decía esta mañana: "la incertidumbre es la que me tiene así, es un día en el que no estoy seguro de nada". 

En efecto, la incertidumbre nos destroza los nervios. Nos tiene en vilo, nos desnuda y nos deja expuestos a un viento continuo que no sabemos cómo controlar. "Lo duro de la incertidumbre es quedarse frente a ella, mirándola, resistiendo el impulso de salir corriendo en busca de respuestas…", le he contestado yo.

Tengo un pánico muy fuerte a hacer algo mal, porque nadie me está explicando cómo he de hacerlo bien. No es que necesite saber el cómo, pero a veces sí el qué.

Y ante una persona que elude su responsabilidad por omisión, que se escabulle silenciosamente, que agacha la cabeza, que pocas veces da un pie adelante por sí mismo (al menos conmigo), que se deja inundar por emails, llamadas de teléfono, interrupciones continuas, mientras tratamos de tener una reunión, que hace aspavientos delante de su ordenador colgado mientras me mira con ojos que gritan: "¿ves? ¿ves como es comprensible que no pueda hacer nada durante el día? todo se confabula contra mí"... Ante una persona así, no me dan ganas de luchar.

Y en el fondo pienso: y aun en el hipotético caso que supiese cuáles son mis funciones únicas y unívocas, ¿estaría tranquila? ¿dejaría de sufrir? quizá seguiría recriminándole que no hiciese su parte del trabajo. Pero entiendo que si nuestros superiores vieran que yo sí cumplo con mi parte, entonces no me importaría lo más mínimo. O sea que llego a otra gran conclusión: lo que me importa es que se vea que yo sí cumplo, que yo sí respondo, que en mí sí se puede confiar, que conmigo sí pueden contar siempre, porque nunca decepciono. 

Me niego a que se me acuse de insolidaria por no "marcarle el paso" yo a mi jefe, por no demandarle que dedique tiempo al proyecto, por no ser yo quien le anime a implicarse. Creo que en esto no me equivoco en absoluto: no es mi deber como empleada tirar de mi jefe para que se involucre en esto. Lo siento, pero me niego en rotundo a algo así. No puedo, ni quiero, me llena de frustración y de desesperanza. Si me piden hacer eso, me están imponiendo un objetivo que ni respeto ni comprendo. Sería como darme golpes de cabeza contra una pared.












martes, 24 de enero de 2012

Escapándome hacia mí misma...

El encuentro con una amiga este fin de semana me ha dado mucho que pensar.
Ha cambiado recientemente de trabajo, a una empresa menos familiar, más numerosa en trabajadores y mucho más ambiciosa en sus logros, sin importarles demasiado los medios necesarios para alcanzarlos.

Al margen de los estímulos que un nuevo trabajo pueda darme, por la cantidad de ilusiones y expectativas que me inspira ese panorama novedoso, hay ciertos aspectos característicos del nuevo escenario en el que entraré a actuar que no pueden contarme en la entrevista; que por mucha intuición que tenga, no puedo adivinar desde mi posición de candidata; que quizá hasta sean escondidos de forma voluntaria para no ensuciar el carácter prometedor y rutilante con el que ese puesto se presenta frente a mí, ofrecido en bandeja de plata.

Y se me ocurre pensar que esos aspectos camuflados y disfrazados para que yo no los conozca, podrían ser determinantes a la hora de tomar la importante decisión de cambiar de un trabajo a otro, ya que pueden cuestionar valores muy profundos de mi ética o principios personales que considero inamovibles.

Entonces recuerdo todas las veces a la semana (al día) que pienso en ese otro trabajo ideal al que deseo cambiarme. Y desde esta nueva perspectiva, desde esa Yo ubicada en ese otro escenario con el que fantaseo y que tengo tan manoseado en mi imaginación, pero que me decepciona por esos aspectos negros que nadie me contó, visualizo con melancolía las cosas buenas que tenía en mi trabajo anterior. Descubro, esta vez sí con verdadera intensidad, todo lo bueno que tenía al alcance de mi mano en esa época pasada.

Así que a partir de hoy estoy dispuesta a hacerme estas preguntas todos los días:

"Del día que acaba de pasar, ¿qué creo que podría echar de menos cuando esté en otro lugar?
De los trabajos que he hecho hoy, ¿cuáles creo que podría echar en falta en un futuro distinto?
De las cosas que compartí hoy con mis compañeros, de cómo son ellos y de cómo soy yo cuando estoy con ellos ¿cuáles creo que recordaré y añoraré cuando tenga a otras personas alrededor?
De todas las cosas buenas que me vienen dadas en este lugar, ¿cuáles serán las que más necesite en caso de no recibirlas?"

Y de esta forma, creo que conseguiré apreciar de verdad todo lo bueno que tiene mi presente, todo lo bueno que ya está aquí, que no necesito buscar fuera, y detectar aquellas otras que, sin estar del todo aseguradas, puedo conseguirlas con un pequeño esfuerzo por mi parte, y predisponerme, ATREVERME a cambiarlas.

Y dejaré de hacer uso excesivo de este escapismo enfermizo que me teletransporta a otras coordenadas, siempre mucho más perfectas y prometedoras que las actuales, cada vez que enfrento una dificultad o constato una limitación en mi presente.

Porque nunca podré saber qué escenario se esconde detrás.
Y porque esas coordenadas sublimes no existen en ningún lugar. Sin lugar a dudas, están dentro de mí.







Un poema bonito


POR CADA MUJER

Por cada mujer que está cansada de actuar con debilidad
aunque se sabe fuerte, hay un hombre que está cansado
de parecer fuerte cuando se siente vulnerable.

Por cada mujer que está cansada de actuar como una tonta,
 hay un hombre que está agobiado por la exigencia
constante de "saberlo todo".

Por cada mujer que está cansada de ser calificada como
"hembra emocional", hay un hombre a quien se le ha negado
el derecho a llorar y a ser delicado.

Por cada mujer catalogada como poco femenina cuando compite
hay un hombre para quien la competencia
es la única forma de demostrar que es masculino.

Por cada mujer que está cansada de ser un objeto sexual,
hay un hombre preocupado por su potencia sexual.

Por cada mujer que se siente "atada" por sus hijos
hay un hombre a quien le ha sido negado
el placer de la paternidad.

Por cada mujer que no ha tenido acceso a un trabajo
satisfactorio y salario justo, hay un hombre que debe
asumir toda la responsabilidad económica de otro ser humano.

Por cada mujer que desconoce los mecanismos de un automóvil
hay un hombre que no aprendió
los placeres del arte de cocinar.

Por cada mujer que da un paso hacia su propia liberación
hay un hombre que descubre que el camino a la libertad
se ha hecho un poco más fácil.

(Extraído de "Las negociaciones nuestras de cada día", Clara Coria)

viernes, 13 de enero de 2012

Quizá no quieras saber el por qué

Mi padre se acaba de ir por la puerta.
Un encuentro entre un padre y una hija, nada más sencillo y nada más complejo.
Un padre que rehuye las conversaciones que no sean de trabajo, de desarrollo profesional, de expectativas y de planes en lo económico, lo vago y lo indefinido que es el trabajo de una.
Una hija que no sabe si un día se cansará y dirá: ya no insisto más, desde este día, dejo de desear conocerte, porque no me lo sabes contar, no sabes contar el cuento de tu vida ni quieres escuchar mucho el de la mía, así que dejo de esperarte y apago la luz.

Sólo quiero no morirme sin haber hablado de ti de verdad, de TI y no de lo que haces, de la vida de verdad, no de esta pantomima que nos tiene entretenidos todos los días. Pero es cierto que para que dos hablen, los dos tienen que poner boca y oídos. Y tú te cierras en banda cuando sientes que enarbolo la bandera de "las mujeres / los hombres".

No sé si podré algún día explicarte siquiera un poquito de todo esto. No sé si seremos capaces de parar todas las maquinarias de pensamientos veloces y fulminantes, y sentimientos arrolladores que se disparan cuando llegamos a este punto. Parece como si sonasen mil pitidos a la vez, un enorme estruendo, que no nos dejase percibir apenas la voz del otro. No, hemos llegado a la zona de máquinas, aquí no se puede hablar.

Y te irás corriendo, como te has ido hoy, con la excusa de que has quedado con los amigos. No es casualidad que hayas dejado este tema para el final, porque en definitiva no quieres decírmelo, no quieres decirme que no te gusta esto, que no te gusta oírme hablar de estas cosas, que te producen un enorme rechazo y que no eres capaz de hablar calmadamente sobre ello.

Y yo, entre tanto, me pregunto ¿qué es lo que mueve a las mujeres para cambiar, cuando oyen hablar del feminismo? ¿por qué supone un estímulo tan grande para ellas el escuchar estas ideas, y constituye un verdadero punto de inflexión en sus vidas, a partir del cual se mueven por cambiar, por potenciar su autoestima, por crecer, por aumentar sus capacidades, por formarse, por tener más claro lo que quieren y aprender herramientas para luchar por lo que quieren? 

¿Es porque de repente se sienten comprendidas? ¿es porque saben que hay otros seres que tienen su misma problemática? ¿es porque se sienten identificadas en otras realidades, en otras vidas, y eso les da la energía?

Y ¿por qué mi padre ve perfectamente normal que luche por mi salario, que negocie con mis jefes, que trate de llegar a lo más alto, que luche por lo que merezco, y sin embargo, siente rechazo ante el hecho de que la valentía que me empuja a hacer todo eso ha nacido de conocer el feminismo? Esto no es del todo cierto, en realidad, él no lo sabe. No he podido explicárselo aún...

Yo quiero explicarle que antes de conocer estas ideas, yo no era consciente de todo lo que podía hacer, de todo lo que me era legítimo hacer. Quiero contarle que todo lo que espera y desea para mí (que luche por mi dignidad, por mis derechos, por mi bienestar) lo estoy logrando en gran parte gracias a haber sido consciente de las cuestiones de género. Antes de todo eso, estaba dormida. Seguramente no hubiera luchado, no habría llegado a tiempo de hacerlo, no lo habría hecho con este sentimiento de legitimidad que tengo hoy. Antes no era consciente de mi posición ni de mis posibilidades. Habría sido una mujer más, quizá refugiada en el ideal del amor, sin separarme de mi novio, o quizá no (pero quizá sí), de la vida supeditada a la familia y del altruismo para con los otros. No sé si habría dado prioridad a mis objetivos con tanta claridad. Tal vez me habría conformado con mi salario inferior toda la vida, un salario que llevaría forma de autoestima, de valía, de empoderamiento, de capacidad para sobrevivir en soledad, de autorrealización. Es muy probable que no hubiese tenido este campo de visión sin esta toma de conciencia. Lo que siempre ha sido una complicidad entre ambos (esta especie de pasión/deber que los dos sentimos por nuestro trabajo), esta ambición por llegar más alto, ahora resulta tener otros móviles por detrás que lo potencian mucho más, y sin embargo, éstos le inspiran un rechazo visible, aunque nunca verbalizado.

Esto puede no ser cierto en absoluto, pero la gran pena es que nunca llega el momento de que lo desmientas, papá. No me das la oportunidad de saber más. Me dejas con sed de saber qué sientes (a muchas mujeres les sonará familiar todo esto). Siento mucho que me dejes así, en este estado de duda, de desconfianza, de distanciamiento. Siento que no seas capaz (o no quieras, o no elijas) explicarme qué es exactamente lo que te genera este rechazo, esta revolución encubierta que libras entre tus ojos cristal y tus pies nerviosos.

En un instante deseo escribirte, aunque piense que acabarás prefiriendo que no lo haga, explicándote mis ideas. Pero en el instante siguiente pienso que exponerme así ante ti, sin que tú me expliques nunca suficientemente lo que eso te genera, me deja sola en un desierto del que no sabré salir. La alternativa de cerrar la puerta y nunca más volver a sacar este tema contigo me llena de frustración igualmente.

Tú crees que un libro que pretende a ayudar a las mujeres a encontrar razones para negociar, en vez de ceder siempre, está mediatizado y horriblemente sesgado. Yo veo en tu cara el nerviosismo, la incapacidad de soltarme las verdades que te ha inspirado, el brutal control que haces de tus emociones para decirme suave pero trastornadamente que "no te gusta". No tienes tiempo de explicarme por qué, de ir al detalle, de concretar qué no te gusta exactamente, que te inspira tanta tensión, ni mucho menos preguntarme qué es lo que yo veo en todo eso, no hay cabida a tu curiosidad.

No pasa nada. Ante todo, no pasa nada. Y cuando ya estás cruzando el umbral de la puerta, ya has recobrado el tono jocoso e informal que traes siempre, aunque me preguntas qué haremos el finde con el gesto levemente torcido, porque el control  de las emociones es brutalmente doloroso, y el cuerpo no se lo calla.

No te reprocho nada, papá. Y me escribes un mensaje liviano y pueril que supuestamente lo borra todo, y "no te preocupes", todo se pasa, frases huecas que podrías decir igualmente si hubiésemos hablado de mis mareos. Sabrás que llegaré lejos en mi vida (como tú deseas y esperas y has querido siempre), pero quizá nunca serás capaz de ver que lo conseguiré gracias a las fuerzas que me han dado estas ideas. Sin ellas, quién sabe, quizá también, pero quizá no...