Es muy importante que analice bien qué me está ocurriendo hoy.
Lo que me pasa hoy es tan representativo de mí y probablemente de mi futuro más inmediato que desgranarlo hasta el último detalle me será de gran ayuda para afrontar los problemas.
Los síntomas que tengo son claros: estrés, agitación, acelere, sensación de urgencia a la que no doy respuesta adecuadamente (y cuanto más lo intento, más lenta siento que voy), frustración, auto-observación, autocrítica destructiva (qué exagerada soy, cómo me lo tomo todo, ya estoy haciendo aspavientos...), pensamientos negativos, acusatorios, evasivos (¿es que nadie va a hacer esto? ¿nadie ve que es súper importante? ¡yo no debería estar pendiente de ello! esto debería estar haciéndolo X, pero como siempre no hace nada), catastrofismo (el proyecto va a ser un desastre), colapso general (los nervios me dejan sin energía, se me caen los ojos y el cuello se me agarrota) y finalmente autodestrucción y escapismo (ojalá me cojan en Francia y me voy ya mismo...).
Tengo que poner la alarma. Dar la alarma de que el sistema empieza a colapsarse y cualquier evolución en esta dirección pueden acabar en explosión final. Es necesario parar el mecanismo aquí mismo.
Y eso que yo venía con una idea muy clara de que esta situación iba a darse, y con plena confianza de que contaba con las herramientas necesarias para responder ante ellas, para darles la justa importancia, y la consecuente cantidad de energía. Pero no: mis mecanismos son los que son, y no por decirlo simplemente van a cambiar. Está claro que esto va a ser un trabajo muy profundo, de mucha perseverancia, para empezar a tomarme las cosas de otra manera.
Creo que siento la necesidad suprema de avisar a la Autoridad (que no sé bien quién es, si Dios, si el gerente de la empresa, si quién) de que mi jefe no está cumpliendo con su deber. Siento una especie de urgencia por denunciarle, por destapar su situación, por que todo el mundo lo vea, y me digan de una vez por todas si es un problema de juicio mío o es que de verdad hay algo que no funciona aquí.
Y pienso: ¿Por qué no me limito a hacer mi trabajo y ya está, y me olvido de mi jefe, que no me afecte lo que haga o deje de hacer o decir? Lo pienso por unos instantes, y me doy cuenta de que es muy difícil, ya que nuestras competencias no están suficientemente definidas. A veces sí lo están, pero estoy tan acostumbrada a trabajar sola, sin su acompañamiento, tenemos tan poca experiencia de equipo, que sin darme cuenta me pongo a hacer cosas que a priori le corresponden a él. Necesitaría un detector externo a mí que me avisara cada vez que me enzarzo en algo que no me incumbe.
Pero es que hoy es uno de ésos días en los que me cuestiono hasta si será verdad que esas tareas le corresponden a él, o si será una excusa mía para recriminarle una vez más su malhacer. ¿Son de verdad cuestiones que él debe resolver? ¿Y quién establece eso? ¿Quién decide cuáles son sus funciones, dónde acaban y dónde empiezan las mías? ¿Quién lo establece? Me siento a oscuras, con los brazos extendidos, moviéndome torpemente, tratando de dar con las respuestas a tientas. Tengo la extraña sensación de que me perdí la primera reunión, ésa que se celebró nada más entrar yo en la empresa, y en la que se definieron perfectamente las competencias y funciones de cada uno, y que todo el mundo guardó en su cabeza y juró nunca más hablar de ella. El acta también desapareció para siempre, por lo que no queda ninguna prueba. Y mi acometido es averiguar cuál es mi papel a base de prueba y error, a base de darme ostias en la oscuridad, a base de hacer y deshacer...
Yo sé que evoco en mi cabeza, constantemente, una especie de estado normativo "ideal", en el que las cosas funcionan de manera matemática y perfecta, en el que todo el mundo sabe con todo detalle qué debe hacer y cómo hacerlo, y que no quedan lagunas de competencias ni superposiciones de deberes. Todo está perfectamente normalizado, encajado, establecido, oficializado y aprobado por todo el mundo.
Yo sé que eso no puede darse en la realidad. Sé que ni yo ni mi jefe ni nadie puede dar respuesta como máquinas a las situaciones que se dan en la práctica, y que, por mucho que me duela, mi jefe tiene razón: no es fácil hacer recetas. Sin embargo, sí me gustaría saber cuáles de todas las cosas que le recrimino son razonables (es decir: que de forma objetiva y apelando a la lógica, puede decirse que son sus deberes), cuáles podrían serlo en determinadas circunstancias, cuáles lo serían normalmente pero no en el contexto de esta empresa y/o de este momento de crisis, y cuáles son definitivamente un problema mío de apreciación.
Porque yo sé que tengo una personalidad muy agarrada a las normas, que necesito de ellas para moverme, y si alguien se escabulle de cumplirlas y atender sus deberes, es candidato número 1 para ser objeto de mi crítica y mi juicio. Siento la profunda obligación de denunciarle. En estos entornos donde las normas no están establecidas y universalmente aprobadas, me desoriento, me siento profundamente perdida.
Pero es totalmente normal: sin normas veo que no puedo responder a lo que se está esperando de mí. Si yo no conozco qué funciones y deberes se me han asignado, es muy probable que no sea capaz de adivinarlas, y por tanto, que al final del día no las cumpla. Y eso tiene un gran peligro para mí: el peligro de la no aprobación, de no sentir la satisfacción del trabajo bien hecho, y no recibir la recompensa correspondiente. Esto es claramente cierto, y mi pavor ante esta situación es perfectamente comprensible. Así estoy en esta situación de pánico, de continua alerta, de estrés ante la incertidumbre.
Mi compañero de trabajo me decía esta mañana: "la incertidumbre es la que me tiene así, es un día en el que no estoy seguro de nada".
En efecto, la incertidumbre nos destroza los nervios. Nos tiene en vilo, nos desnuda y nos deja expuestos a un viento continuo que no sabemos cómo controlar. "Lo duro de la incertidumbre es quedarse frente a ella, mirándola, resistiendo el impulso de salir corriendo en busca de respuestas…", le he contestado yo.
Tengo un pánico muy fuerte a hacer algo mal, porque nadie me está explicando cómo he de hacerlo bien. No es que necesite saber el cómo, pero a veces sí el qué.
Y ante una persona que elude su responsabilidad por omisión, que se escabulle silenciosamente, que agacha la cabeza, que pocas veces da un pie adelante por sí mismo (al menos conmigo), que se deja inundar por emails, llamadas de teléfono, interrupciones continuas, mientras tratamos de tener una reunión, que hace aspavientos delante de su ordenador colgado mientras me mira con ojos que gritan: "¿ves? ¿ves como es comprensible que no pueda hacer nada durante el día? todo se confabula contra mí"... Ante una persona así, no me dan ganas de luchar.
Y en el fondo pienso: y aun en el hipotético caso que supiese cuáles son mis funciones únicas y unívocas, ¿estaría tranquila? ¿dejaría de sufrir? quizá seguiría recriminándole que no hiciese su parte del trabajo. Pero entiendo que si nuestros superiores vieran que yo sí cumplo con mi parte, entonces no me importaría lo más mínimo. O sea que llego a otra gran conclusión: lo que me importa es que se vea que yo sí cumplo, que yo sí respondo, que en mí sí se puede confiar, que conmigo sí pueden contar siempre, porque nunca decepciono.
Me niego a que se me acuse de insolidaria por no "marcarle el paso" yo a mi jefe, por no demandarle que dedique tiempo al proyecto, por no ser yo quien le anime a implicarse. Creo que en esto no me equivoco en absoluto: no es mi deber como empleada tirar de mi jefe para que se involucre en esto. Lo siento, pero me niego en rotundo a algo así. No puedo, ni quiero, me llena de frustración y de desesperanza. Si me piden hacer eso, me están imponiendo un objetivo que ni respeto ni comprendo. Sería como darme golpes de cabeza contra una pared.
Lo que me pasa hoy es tan representativo de mí y probablemente de mi futuro más inmediato que desgranarlo hasta el último detalle me será de gran ayuda para afrontar los problemas.
Los síntomas que tengo son claros: estrés, agitación, acelere, sensación de urgencia a la que no doy respuesta adecuadamente (y cuanto más lo intento, más lenta siento que voy), frustración, auto-observación, autocrítica destructiva (qué exagerada soy, cómo me lo tomo todo, ya estoy haciendo aspavientos...), pensamientos negativos, acusatorios, evasivos (¿es que nadie va a hacer esto? ¿nadie ve que es súper importante? ¡yo no debería estar pendiente de ello! esto debería estar haciéndolo X, pero como siempre no hace nada), catastrofismo (el proyecto va a ser un desastre), colapso general (los nervios me dejan sin energía, se me caen los ojos y el cuello se me agarrota) y finalmente autodestrucción y escapismo (ojalá me cojan en Francia y me voy ya mismo...).
Tengo que poner la alarma. Dar la alarma de que el sistema empieza a colapsarse y cualquier evolución en esta dirección pueden acabar en explosión final. Es necesario parar el mecanismo aquí mismo.
Y eso que yo venía con una idea muy clara de que esta situación iba a darse, y con plena confianza de que contaba con las herramientas necesarias para responder ante ellas, para darles la justa importancia, y la consecuente cantidad de energía. Pero no: mis mecanismos son los que son, y no por decirlo simplemente van a cambiar. Está claro que esto va a ser un trabajo muy profundo, de mucha perseverancia, para empezar a tomarme las cosas de otra manera.
Creo que siento la necesidad suprema de avisar a la Autoridad (que no sé bien quién es, si Dios, si el gerente de la empresa, si quién) de que mi jefe no está cumpliendo con su deber. Siento una especie de urgencia por denunciarle, por destapar su situación, por que todo el mundo lo vea, y me digan de una vez por todas si es un problema de juicio mío o es que de verdad hay algo que no funciona aquí.
Y pienso: ¿Por qué no me limito a hacer mi trabajo y ya está, y me olvido de mi jefe, que no me afecte lo que haga o deje de hacer o decir? Lo pienso por unos instantes, y me doy cuenta de que es muy difícil, ya que nuestras competencias no están suficientemente definidas. A veces sí lo están, pero estoy tan acostumbrada a trabajar sola, sin su acompañamiento, tenemos tan poca experiencia de equipo, que sin darme cuenta me pongo a hacer cosas que a priori le corresponden a él. Necesitaría un detector externo a mí que me avisara cada vez que me enzarzo en algo que no me incumbe.
Pero es que hoy es uno de ésos días en los que me cuestiono hasta si será verdad que esas tareas le corresponden a él, o si será una excusa mía para recriminarle una vez más su malhacer. ¿Son de verdad cuestiones que él debe resolver? ¿Y quién establece eso? ¿Quién decide cuáles son sus funciones, dónde acaban y dónde empiezan las mías? ¿Quién lo establece? Me siento a oscuras, con los brazos extendidos, moviéndome torpemente, tratando de dar con las respuestas a tientas. Tengo la extraña sensación de que me perdí la primera reunión, ésa que se celebró nada más entrar yo en la empresa, y en la que se definieron perfectamente las competencias y funciones de cada uno, y que todo el mundo guardó en su cabeza y juró nunca más hablar de ella. El acta también desapareció para siempre, por lo que no queda ninguna prueba. Y mi acometido es averiguar cuál es mi papel a base de prueba y error, a base de darme ostias en la oscuridad, a base de hacer y deshacer...
Yo sé que evoco en mi cabeza, constantemente, una especie de estado normativo "ideal", en el que las cosas funcionan de manera matemática y perfecta, en el que todo el mundo sabe con todo detalle qué debe hacer y cómo hacerlo, y que no quedan lagunas de competencias ni superposiciones de deberes. Todo está perfectamente normalizado, encajado, establecido, oficializado y aprobado por todo el mundo.
Yo sé que eso no puede darse en la realidad. Sé que ni yo ni mi jefe ni nadie puede dar respuesta como máquinas a las situaciones que se dan en la práctica, y que, por mucho que me duela, mi jefe tiene razón: no es fácil hacer recetas. Sin embargo, sí me gustaría saber cuáles de todas las cosas que le recrimino son razonables (es decir: que de forma objetiva y apelando a la lógica, puede decirse que son sus deberes), cuáles podrían serlo en determinadas circunstancias, cuáles lo serían normalmente pero no en el contexto de esta empresa y/o de este momento de crisis, y cuáles son definitivamente un problema mío de apreciación.
Porque yo sé que tengo una personalidad muy agarrada a las normas, que necesito de ellas para moverme, y si alguien se escabulle de cumplirlas y atender sus deberes, es candidato número 1 para ser objeto de mi crítica y mi juicio. Siento la profunda obligación de denunciarle. En estos entornos donde las normas no están establecidas y universalmente aprobadas, me desoriento, me siento profundamente perdida.
Pero es totalmente normal: sin normas veo que no puedo responder a lo que se está esperando de mí. Si yo no conozco qué funciones y deberes se me han asignado, es muy probable que no sea capaz de adivinarlas, y por tanto, que al final del día no las cumpla. Y eso tiene un gran peligro para mí: el peligro de la no aprobación, de no sentir la satisfacción del trabajo bien hecho, y no recibir la recompensa correspondiente. Esto es claramente cierto, y mi pavor ante esta situación es perfectamente comprensible. Así estoy en esta situación de pánico, de continua alerta, de estrés ante la incertidumbre.
Mi compañero de trabajo me decía esta mañana: "la incertidumbre es la que me tiene así, es un día en el que no estoy seguro de nada".
En efecto, la incertidumbre nos destroza los nervios. Nos tiene en vilo, nos desnuda y nos deja expuestos a un viento continuo que no sabemos cómo controlar. "Lo duro de la incertidumbre es quedarse frente a ella, mirándola, resistiendo el impulso de salir corriendo en busca de respuestas…", le he contestado yo.
Tengo un pánico muy fuerte a hacer algo mal, porque nadie me está explicando cómo he de hacerlo bien. No es que necesite saber el cómo, pero a veces sí el qué.
Y ante una persona que elude su responsabilidad por omisión, que se escabulle silenciosamente, que agacha la cabeza, que pocas veces da un pie adelante por sí mismo (al menos conmigo), que se deja inundar por emails, llamadas de teléfono, interrupciones continuas, mientras tratamos de tener una reunión, que hace aspavientos delante de su ordenador colgado mientras me mira con ojos que gritan: "¿ves? ¿ves como es comprensible que no pueda hacer nada durante el día? todo se confabula contra mí"... Ante una persona así, no me dan ganas de luchar.
Y en el fondo pienso: y aun en el hipotético caso que supiese cuáles son mis funciones únicas y unívocas, ¿estaría tranquila? ¿dejaría de sufrir? quizá seguiría recriminándole que no hiciese su parte del trabajo. Pero entiendo que si nuestros superiores vieran que yo sí cumplo con mi parte, entonces no me importaría lo más mínimo. O sea que llego a otra gran conclusión: lo que me importa es que se vea que yo sí cumplo, que yo sí respondo, que en mí sí se puede confiar, que conmigo sí pueden contar siempre, porque nunca decepciono.
Me niego a que se me acuse de insolidaria por no "marcarle el paso" yo a mi jefe, por no demandarle que dedique tiempo al proyecto, por no ser yo quien le anime a implicarse. Creo que en esto no me equivoco en absoluto: no es mi deber como empleada tirar de mi jefe para que se involucre en esto. Lo siento, pero me niego en rotundo a algo así. No puedo, ni quiero, me llena de frustración y de desesperanza. Si me piden hacer eso, me están imponiendo un objetivo que ni respeto ni comprendo. Sería como darme golpes de cabeza contra una pared.
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