viernes, 13 de enero de 2012

Quizá no quieras saber el por qué

Mi padre se acaba de ir por la puerta.
Un encuentro entre un padre y una hija, nada más sencillo y nada más complejo.
Un padre que rehuye las conversaciones que no sean de trabajo, de desarrollo profesional, de expectativas y de planes en lo económico, lo vago y lo indefinido que es el trabajo de una.
Una hija que no sabe si un día se cansará y dirá: ya no insisto más, desde este día, dejo de desear conocerte, porque no me lo sabes contar, no sabes contar el cuento de tu vida ni quieres escuchar mucho el de la mía, así que dejo de esperarte y apago la luz.

Sólo quiero no morirme sin haber hablado de ti de verdad, de TI y no de lo que haces, de la vida de verdad, no de esta pantomima que nos tiene entretenidos todos los días. Pero es cierto que para que dos hablen, los dos tienen que poner boca y oídos. Y tú te cierras en banda cuando sientes que enarbolo la bandera de "las mujeres / los hombres".

No sé si podré algún día explicarte siquiera un poquito de todo esto. No sé si seremos capaces de parar todas las maquinarias de pensamientos veloces y fulminantes, y sentimientos arrolladores que se disparan cuando llegamos a este punto. Parece como si sonasen mil pitidos a la vez, un enorme estruendo, que no nos dejase percibir apenas la voz del otro. No, hemos llegado a la zona de máquinas, aquí no se puede hablar.

Y te irás corriendo, como te has ido hoy, con la excusa de que has quedado con los amigos. No es casualidad que hayas dejado este tema para el final, porque en definitiva no quieres decírmelo, no quieres decirme que no te gusta esto, que no te gusta oírme hablar de estas cosas, que te producen un enorme rechazo y que no eres capaz de hablar calmadamente sobre ello.

Y yo, entre tanto, me pregunto ¿qué es lo que mueve a las mujeres para cambiar, cuando oyen hablar del feminismo? ¿por qué supone un estímulo tan grande para ellas el escuchar estas ideas, y constituye un verdadero punto de inflexión en sus vidas, a partir del cual se mueven por cambiar, por potenciar su autoestima, por crecer, por aumentar sus capacidades, por formarse, por tener más claro lo que quieren y aprender herramientas para luchar por lo que quieren? 

¿Es porque de repente se sienten comprendidas? ¿es porque saben que hay otros seres que tienen su misma problemática? ¿es porque se sienten identificadas en otras realidades, en otras vidas, y eso les da la energía?

Y ¿por qué mi padre ve perfectamente normal que luche por mi salario, que negocie con mis jefes, que trate de llegar a lo más alto, que luche por lo que merezco, y sin embargo, siente rechazo ante el hecho de que la valentía que me empuja a hacer todo eso ha nacido de conocer el feminismo? Esto no es del todo cierto, en realidad, él no lo sabe. No he podido explicárselo aún...

Yo quiero explicarle que antes de conocer estas ideas, yo no era consciente de todo lo que podía hacer, de todo lo que me era legítimo hacer. Quiero contarle que todo lo que espera y desea para mí (que luche por mi dignidad, por mis derechos, por mi bienestar) lo estoy logrando en gran parte gracias a haber sido consciente de las cuestiones de género. Antes de todo eso, estaba dormida. Seguramente no hubiera luchado, no habría llegado a tiempo de hacerlo, no lo habría hecho con este sentimiento de legitimidad que tengo hoy. Antes no era consciente de mi posición ni de mis posibilidades. Habría sido una mujer más, quizá refugiada en el ideal del amor, sin separarme de mi novio, o quizá no (pero quizá sí), de la vida supeditada a la familia y del altruismo para con los otros. No sé si habría dado prioridad a mis objetivos con tanta claridad. Tal vez me habría conformado con mi salario inferior toda la vida, un salario que llevaría forma de autoestima, de valía, de empoderamiento, de capacidad para sobrevivir en soledad, de autorrealización. Es muy probable que no hubiese tenido este campo de visión sin esta toma de conciencia. Lo que siempre ha sido una complicidad entre ambos (esta especie de pasión/deber que los dos sentimos por nuestro trabajo), esta ambición por llegar más alto, ahora resulta tener otros móviles por detrás que lo potencian mucho más, y sin embargo, éstos le inspiran un rechazo visible, aunque nunca verbalizado.

Esto puede no ser cierto en absoluto, pero la gran pena es que nunca llega el momento de que lo desmientas, papá. No me das la oportunidad de saber más. Me dejas con sed de saber qué sientes (a muchas mujeres les sonará familiar todo esto). Siento mucho que me dejes así, en este estado de duda, de desconfianza, de distanciamiento. Siento que no seas capaz (o no quieras, o no elijas) explicarme qué es exactamente lo que te genera este rechazo, esta revolución encubierta que libras entre tus ojos cristal y tus pies nerviosos.

En un instante deseo escribirte, aunque piense que acabarás prefiriendo que no lo haga, explicándote mis ideas. Pero en el instante siguiente pienso que exponerme así ante ti, sin que tú me expliques nunca suficientemente lo que eso te genera, me deja sola en un desierto del que no sabré salir. La alternativa de cerrar la puerta y nunca más volver a sacar este tema contigo me llena de frustración igualmente.

Tú crees que un libro que pretende a ayudar a las mujeres a encontrar razones para negociar, en vez de ceder siempre, está mediatizado y horriblemente sesgado. Yo veo en tu cara el nerviosismo, la incapacidad de soltarme las verdades que te ha inspirado, el brutal control que haces de tus emociones para decirme suave pero trastornadamente que "no te gusta". No tienes tiempo de explicarme por qué, de ir al detalle, de concretar qué no te gusta exactamente, que te inspira tanta tensión, ni mucho menos preguntarme qué es lo que yo veo en todo eso, no hay cabida a tu curiosidad.

No pasa nada. Ante todo, no pasa nada. Y cuando ya estás cruzando el umbral de la puerta, ya has recobrado el tono jocoso e informal que traes siempre, aunque me preguntas qué haremos el finde con el gesto levemente torcido, porque el control  de las emociones es brutalmente doloroso, y el cuerpo no se lo calla.

No te reprocho nada, papá. Y me escribes un mensaje liviano y pueril que supuestamente lo borra todo, y "no te preocupes", todo se pasa, frases huecas que podrías decir igualmente si hubiésemos hablado de mis mareos. Sabrás que llegaré lejos en mi vida (como tú deseas y esperas y has querido siempre), pero quizá nunca serás capaz de ver que lo conseguiré gracias a las fuerzas que me han dado estas ideas. Sin ellas, quién sabe, quizá también, pero quizá no...



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