jueves, 22 de diciembre de 2011

Lo encontré

El poema decía así:

Y desde aquel momento se supo de naturaleza lluviosa.
Y se imaginó lloviendo esporádicamente, lloviznando repentina, chispeando calladamente en lugares públicos y privados.


Y como todos la sabían así, nadie preguntaba nada.


Incorporó la lluvia como un proceso vital más, tan natural como el llevarse un bocado de pan acompañando el almuerzo o pasarse el cepillo de cerdas tiesas entre los pelos mojados, frente al espejo.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Tristeza, sé bienvenida, yo sí te quiero!

Hace mucho tiempo escribí un poema sobre una chica que lloraba, que lloraba como lluvia, igual de espontánea, silenciosa y desapercibida como la lluvia. Que lloraba como la cosa más natural del mundo, y que todos a su alrededor la veían llorar con tranquilidad, con serenidad, integrando ese evento (el simple y llano hecho objetivo de que caen pequeñas gotas de agua salada de sus ojos y lentamente resbalan por sus mejillas) en el transcurso del tiempo, en la normalidad de la conversación, en el lenguaje no verbal establecido; así como nadie se alarma cuando parpadeamos o movemos la cabeza al hablar.

Nadie pone cara de preocupación cuando el cielo empieza a llorar, ni le dice que "está ahí para lo que necesite", para hablar, para desahogarse... Nadie se ofrece de psicólogo al cielo para darle su apoyo cuando éste parece derrumbarse, pobre cielo... ¿O afortunado él?

Cuánto me gustaría que la gente tuviese interiorizado el código del teatro cuando ocurren este tipo de cosas. Que supiesen respetar la autenticidad de las emociones, y diesen permiso de entrada a los sentimientos, sean cuales sean, sin forzarlos ni manipularlos, dejándolos estar sin más. Una vez más, los códigos sociales de la buena educación se me antojan antipáticos, volátiles, maniqueos, amorfos. De repente, al verte llorar, todo el mundo eleva la voz de alarma, corren de un lado para otro con la mirada desencajada y empiezan a sacar de su saco de "Fórmulas Sociales Convencionalmente Aceptadas" todo tipo de frases-parche que se supone deben decir en un momento así para tapar la herida y parar la hemorragia, ¡plan de contingencia en acción! Hacen un diagnóstico de la situación en 0,0001 milisegundos y con un montón de prejuicios sustentándolo, te lanzan su discurso sobre cómo están las cosas, cómo deberías tomártelas y cómo van a evolucionar en el futuro. Un estudio completo sobre tu vida y sobre cómo debes llevarla, en un tiempo récord; para qué pedir más.

Y eso sí, que no falten esas palabras tan extremadamente dañinas por la ligereza con la que tienden a pronunciarse: "no te preocupes".

Y es que nadie les había pedido un consejo, ni siquiera un apoyo, una palabra de aliento, nada de nada. Estamos tan acostumbrados a sacar como un resorte esas fórmulas tiesas y unicolor que no somos capaces ni de distinguir intensidades diferentes, distintos colores de tristeza. Claro, no es nada fácil atreverse a ser arriesgado en eso. ¿Qué habrían pensado los demás si uno de ellos empieza a llamar la atención sobre mis gotas de agua, con curiosidad pueril, simplemente atestiguando el hecho objetivo de que estoy llorando, sin hacer más aspavientos ni preguntarme qué me pasa ni hacer sonar la alarma?

Entre gente del teatro no habría necesitado bajar la mirada discretamente. No me habría sentido forzada a guardar ni a sacar ninguna lágrima ni semilla de tristeza. El sentimiento que me ha generado esa verborrea desenfrenada e histriónica habría fluido tranquilamente por mi estómago y por mis manos. Habría llorado sin más, y todos habrían sido mucho más serenos consigo mismos, y lejos de ponerme cara de angustias, me habrían preguntado ¿Qué te hace sentir mal? con una sonrisa leve en sus labios. Y sin lugar a dudas, se habrían quedado conmigo en ese sentimiento, y lo habrían vivido como yo, con tranquilidad, con naturalidad, sin aspavientos, sin exageraciones ni paternalismos ni búsquedas desesperadas de solución. No pasa nada por quedarse. Quedémonos aquí, no queramos salvarnos enseguida, dejemos entrar a la tristeza en casa, en lugar de echarla nada más cruzar el umbral. Dejémosla que entre, a ver qué tiene que contarnos. Quizá tiene muchas lecciones que enseñarnos, sin duda debe poder hablarnos de cosas valiosas, que nadie se atreve a decirnos.

Cuánto mejor nos iría si la aceptásemos, si la dejásemos quedarse en nuestra casa, si la invitásemos, en vez de echarla corriendo por miedo a que nos inunde o se quede demasiado tiempo...

Siempre llevaré en mi recuerdo aquella noche de noviembre en la que tres amigas nos quedamos calladas y quietas mientras a la cuarta le comunicaban que su padre había fallecido. El mundo se paró dentro de nosotras y entre nosotras. No hicimos ningún aspaviento, recorrimos a tientas los hilos que nos unían y entendimos que todo estaba bien, que vivíamos aquel momento verdaderamente conectadas, escuchándonos las unas a las otras, las tres a la cuarta y la cuarta a las tres. No se me olvidará nunca aquel suspiro de autenticidad. Fue la sinceridad convertida en momento.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La Queja, enemiga pública número 1

La queja no es inocua. La queja no nos deja indiferentes. La queja tiene sus consecuencias y debe ser estrechamente vigilada. Que nadie piense que está libre de sus efectos si recurre a menudo a ella.
La queja continua nos lleva a un estado de emborrachamiento que coarta nuestros sentidos, que nos impide ver las cosas con claridad y con objetividad suficiente, que nos encartona y nos pervierte.

La queja nos arrastra a un estado de somnolencia donde, con una extraña clarividencia, creemos ser capaces de visualizar "cómo debería haber sido todo", donde sentimos el poder innegable de definir, con todo lujo de detalles y hasta los aspectos más recónditos, la mejor manera en que tendrían que haberse hecho las cosas. La queja nos emborracha y obnubila, haciéndonos creer que somos seres todopoderosos que pueden discernir sin la más mínima sombra de duda cómo son las cosas, y cómo deberían ser.

Y sin embargo pienso que ese estado de emborrachamiento nos aleja de la realidad. Nos sirve como cohete para evadirnos de nuestro presente, y con ello, nos inhabilita para distinguir objetivamente entre nuestros sentimientos y la verdad, y nos hace perder tiempo que podríamos estar dedicando, desde el segundo cero, a nuestra readaptación, a la búsqueda de soluciones.

La queja nos inutiliza, nos inmoviliza, nos roba nuestro juicio objetivo y sereno, nos hace peleles de nuestras circunstancias. No sólo no nos da energía para reaccionar ante ellas (las primeras oleadas de energía son las más útiles para reaccionar contra algo malo que nos pasa), ni permite que reaccionemos con el primer impulso, espontáneo, bruto; sino que nos apoltrona más aún en sus consecuencias. Nos engancha más aún, nos apalanca en ellas, hace que esa nueva mierda que nos cae por encima se nos pegue al cuerpo y se infiltre en nosotros, en vez de ayudarnos a sacudirnos de ella inmediatamente y a pensar en cómo limpiarnos o evitar que nos pase la próxima vez.

Nos tiene entretenidos, nos entretiene, sibilinamente, silenciosa, para que no pensemos...

La queja nos impide adoptar una posición proactiva. Nos envenena, nos aliena y nos empobrece. Nos hace indefensos, cuando en realidad no lo somos. Quejándonos pintamos una imagen de nosotros mismos atados de pies y manos, una imagen en la que nos victimizamos y nos acariciamos los unos a los otros, lamentando todos a una las penas que nos acongojan. Nos convertimos en objetos, en consecuencias, en vez de ser sujetos, causas, impulsos. Cuanto más nos quejamos, más nos convertimos en seres inertes incapaces de ver las oportunidades que hay en cada cambio, en cada nueva situación. Nos convierte en marionetas víctimas de nuestras propias redes de autocompasión y engaño, inmóviles, sedentarias...

Yo quiero zafarme de esa actitud para siempre. No quiero emborracharme de imágenes de "lo que debería ser". No quiero caer en la necedad de pensar que puedo saber cómo deberían ser las cosas. ¿Yo habría hecho algo mejor, en el lugar de los otros? NO, no me recreo ni un segundo en el "fíjate cómo han hecho esto, fíjate qué mal, qué desastre, qué mierda...". No paso ni un segundo más en este estadio, no me quedo ni un momento más.

Yo, desde la primera reunión, desde el primer segundo después de recibir la noticia, desde el momento cero, pensaré en qué puedo hacer a partir de ahora, con este nuevo escenario, con estas nuevas reglas del juego, con estos nuevos condicionantes. Dibujando la nueva ruta que debo seguir para salir del laberinto, ahora que (y de acuerdo a cómo) éste ha cambiado.

Nuevas condiciones, nuevas soluciones. Nuevas dificultades, nuevas capacidades y un poco más de valentía. Pero siempre hacia adelante. Primero: me imagino un escenario para mí (uno nuevo, adaptado), y acto seguido yo lo creo, yo lo pinto y lo fabrico. Yo lo hago.

Y pasaré a la historia como aquella ciudadana N que consiguió hacer su vida mejor allá donde estuvo, en todos los escenarios a los que se subió, no importaba en qué condiciones ni bajo qué lluvias o tormentas que le cayesen encima. Algunas veces le fue mejor, otras peor, en ese afán por sobrevivir. Pero siempre salió de cada escena mejor de lo que había entrado, y abandonó cada lugar con la pacificadora tranquilidad de haber procurado siempre hacerse feliz a sí misma.

viernes, 21 de octubre de 2011

Que decía yo que no son estereotipos...

Esta tarde me he indignado un poco viendo la película "Ma part du gâteau", de Cédric Klapsich.
Que pensaba que iba a estar bien, porque la anterior que había visto de este señor me dejó bastante buen sabor de boca (París, 2008). Pero ésta me ha defraudado con creces.

Pretende ser una comedia divertida e inteligente, como he leído en algunos sitios, pero me deja profundamente preocupada por las figuras de hombres y de mujeres que se reflejan en la historia. 
El corredor de bolsa/hombre de negocios duro e implacable que interpreta este actor de mentón rotundo me ha dejado helada (y al mismo tiempo me suena a rancio de tanta veces visto). No es creíble que un hombre pueda ser tan gañán y tan estupefactamente aislado del mundo de las emociones, tan incapaz de sentir un mínimo de empatía por las personas que lo rodean. El personaje se queda cojo a la primera de cambio, cuando liga con la modelo cual don juan ensimismado por su belleza deslumbrante, y luego se indigna cuando, ya casi en la cama, ella dice que "no es una cualquiera" y que "le gusta sentir las cosas". La escena es escalofriante, por frívola y poco creíble, él ridiculizándola por "ñoña" e inocente, riéndose en su cara; y al día siguiente no esperándola para desayunar juntos. Qué tristeza más grande...
El caso es que el personaje de la modelo, por su parte, se las trae, porque llega a un punto de insulsez tan grande que es que casi ni habla, la pobre chica. Es el caso más flagrante de la película. Menudo esperpento de figurín, que ni sabe entonar la voz para decirle al otro que ella vale más que un peine. En realidad, tal cual la pinta el director, es un esperpéntico espíritu encerrado en un bello cuerpo que poco tiene que aportar a la historia y a su vida. Y se me ocurre pensar que ojalá no haya personajes en la vida real que la representen a ella... Un modelo de mujer de ésos que portan en sí mismas la belleza absoluta, esa belleza ideal dulce, joven y eterna, delicada, sublime, etérea, rutilante... pero que pocas veces se nos pinta como algo complementario a una personalidad, sino siempre como única y más importante (en estos personajes-maniquís). Detrás de eso, la nada. Después de negarse una vez a follar con el tío, finalmente accede a ponerse el camisón que él le ha regalado sin andarse por las ramas, y a dejarse hacer. Es realmente una tristeza, porque aunque esas situaciones ocurran en la vida real, jamás son así de simples y burdas...

Nos queda el modelo de mujer Elodie, la triunfadora compañera del trabajo de nuestro hombre, su verdadero amor, la mujer que realmente le comprende y sabe lo que quiere (menuda es ella de lista), y está ahí para darle todo el morbo y sensualidad que él necesita. Esa pareja ideal que está hecha a su medida. Que sin embargo dejó tirada por una callgirl una noche de desenfreno y descuido tontos, pero a la que en el fondo sigue queriendo (porque él es así de brutote, y hay que comprenderle). Es de esperar que sea su media naranja perfecta, desde luego, porque basta un "excuse-moi pour ce que j'ai fait" dicho de la manera más ligera y falsa posibles (casi de casualidad) al tiempo que conduce su súpercoche de puertas de alas mariposa, para que ella sonría y le acarie el pelo infantiloidemente, como en un gesto de "ay, mi tontín, si es que eres más tontín...". Vamos, otra categoría de mujer que tampoco nos es desconocida, que la hemos visto más de una vez. Ambiciosa e inteligente, sí, pero no para bien; y también débil en el momento en que él descubre que está con otro, y la espera en la cocina para cantarle las cuarenta. "¿Cómo que estás con ése? Qué fuerte me parece..." Y la otra se deja amedrentar, sin un ápice de seguridad en sí misma ni de autoridad. No es fácil que pase desapercibido el detalle maligno de ella, al final de la película, con ese "ahora le toca pagar por lo que ha hecho!", refiriéndose a la protagonista France, cuando ésta es esposada y subida al coche de policía. Menuda tipa, tremenda lagarta que no obstante sigue doblegada a su amor duro-de-pelar a pesar de todas las conneries que le ha hecho. Pues no soy yo ni ná!! Soy lista, pero eso no me sirve más que para ser maligna con otras mujeres, y no asertiva con mi propia vida y con los capullos que me cruzo. 

Y nos queda la gran estrella: France, la entrañable mujer obrera que pierde su trabajo, madre no sólo de sus 3 hijas sino de todos los niños y niñas del barrio que se juntan en su casa para comer spaguetti, risueña, divertida, desenfada y honesta. Esa "anti-pretty woman" que conquista por su franqueza y su buen corazón (y que se intenta suicidar tras perder su empleo, pero que aun en tan dramático estado, sigue teniendo su buen humor y retranca característicos). Claro, el tercer cliché de mujer que nos quedaba por emular y reforzar, para que no podamos decir que no tenemos donde elegir. Un personaje más que se queda exento de toda caleidoscopiosidad realista y compleja. De nuevo, una mujer dibujada como objeto pasivo de las cosas que le pasan, ni pensar en que ella las genere o cambie. Tiene una personalidad encantadoramente arrolladora, que le lleva a cantar a grito pelao mientras plancha delante de las compañeras del curso, sin importarle lo más mínimo lo que piensen (atención: se va a buscar suerte a París, y previamente a buscar trabajo recibe una formación en "tareas del hogar" impartido por un hombre, uuuuuhhhh, súper creíble) pero luego es totalmente incapaz de negarse a cuidar del hijo del gran corredor de bolsa, cuando éste la engatusa para hacerlo. Vamos, que se deja liar como la más tolili. También es la gran consejera de éste, demostrando ser una gran conocedora de la "petite psychologie" y de los hombres, pero luego no es capaz de ver que el tío es un capullo redomado y que no tiene fuste ninguno acostarse con él ni hacerle ojitos. No, es que la mujer siempre cae, siempre cae en su romanticismo incontrolado y sus mundos emocionales... 
Qué poco frecuente es ver en los medios modelos de mujeres que tengan naturalizada esa asertividad, ese temple, esa seguridad en sí mismas; porque quizá sí se ven más esas mujeres que gritan y se exaltan, como si gritando reivincasen más su capacidad para que no las líen, y se diga de ellas "qué personalidad tenía, era una mujer de armas tomar". Pero qué poquitas se ven que tengan perfectamente integrada la claridad de ideas en su vida, sin grandes gestos, en lo más pequeño, frente a los micromachismos, microasertividades. Qué pocos ejemplos de mujeres que parezcan tener esa paz de espíritu de forma casi espontánea, sin artificios ni grandes elocuencias... 

Francamente me he quedado decepcionada con esta película, en la que los personajes llegan a ser escandalosamente estereotipados. Si me hubiesen dicho al principio que el director había usado esto para algún fin en la historia, me lo habría creído totalmente. Pero la realidad es que se acaba la película y los estereotipos siguen ahí flagrantes, en carne viva. Menos mal que la escena final es grandiosa (esa sociedad obrera francesa, qué gusto da con ella!!).




Primera vez

No es la primera vez que escribo un blog. Lo he intentado y logrado varias veces.
Pero esta vez no va a ser como las demás.
Esta vez quiero decir y hacer lo que se me antoje con las teclas, en cada momento y en cada arranque.
Y sobre todo porque tengo una diarrea mental tremendona que no me deja respirar.
Mientras Cam se come un minimagnum de Irish Cream y mira lo que escribo,
yo me digo: ¿qué estará pensando este piltrafilla?
Se ríe, el muy canalla... o sea que está pensando algo. Pero bueno, dejémosle comerse su helado tranquilo, y yo ya gestiono mis nervios y mi verborrea como pueda.